Votamos, discutimos y volvemos a empezar: lo que nos dejaron las elecciones
Por Franz Meza
Las contiendas electorales en Perú han estado definidas por una gran polarización desde que tengo memoria política y social. Después de cada elección, el discurso normalmente se enfoca en consolidar la democracia y cerrar las divisiones que separan a la nación; no obstante, las disparidades políticas y sociales todavía son muy notorias. El triunfo reciente de Keiko Fujimori vuelve a mostrar ese panorama de fragmentación. Su victoria ocurre en medio de una situación de inestabilidad institucional, escepticismo por parte de la ciudadanía y dudas políticas. A esto se le añade que la aprobación del presidente José María Balcázar es muy baja, solo el 23,7 % según una encuesta de CPI, lo cual es otra muestra de la difícil situación que vive el país. El reto primordial al que se enfrenta la presidenta hoy en día es lograr acuerdos que posibiliten fomentar reformas y políticas públicas para el beneficio de la población. Para que la población vuelva a confiar en el país, es necesario un liderazgo, diálogo y capacidad de gestión debido a la crisis de gobernabilidad que enfrenta. Los problemas cada vez más apremiantes que le preocupan a la gente de Perú son los siguientes: las deficiencias en la atención sanitaria, la ineficacia administrativa del Estado, la incapacidad de las instituciones para satisfacer las necesidades fundamentales de los ciudadanos y la inseguridad que cada día cobra una víctima más. El nuevo gobierno enfrenta además el reto adicional del fenómeno de El Niño, que podría amenazar la economía y la seguridad alimentaria de miles de familias. Al igual que demandamos seguridad ciudadana, es imprescindible que nuestras autoridades generen confianza mediante una administración eficiente y transparente. No obstante, más allá de los resultados, estas elecciones revelaron otra vez problemas que parecen ser recurrentes en cada proceso electoral en Perú. El terrorismo fue otra vez empleado como arma política, lo que condujo a que áreas de izquierda y extensas zonas de la sierra peruana fueran objeto de continuas acusaciones y estigmatizaciones. Esto se complementó con una alarmante fragmentación social, que se reflejó en actitudes de racismo y rechazo hacia la población del llamado Perú profundo, lo cual agudizó aún más las divisiones ya existentes. Por otra parte, la campaña electoral corroboró que se está volviendo cada vez más común transformar la política en un espectáculo. Los debates se caracterizaron por frases virales y ataques individuales que a menudo hicieron que la discusión de propuestas pasara a un segundo plano. Lo que falta es la seriedad y el grado de confrontación de ideas que definieron otras épocas en la política peruana, en las cuales se debatían proyectos para el país de manera central, por ejemplo, el debate entre Alberto Fujimori y Mario Vargas Llosa, lo vi más de 9 veces el debate. T ambién llamó la atención que algunos candidatos invirtieran enormes recursos económicos en sus campañas y buscaran el respaldo de influencers, sin lograr traducir esa exposición en votos. Ello demuestra que la popularidad digital no siempre refleja el sentir de los ciudadanos y que, al momento de elegir, muchos electores aún evalúan con criterio sus opciones. Finalmente, resulta inevitable comparar la demora en conocer los resultados con la experiencia de otros países de la región, donde los procesos de conteo y difusión de resultados suelen desarrollarse con mayor rapidez y eficiencia. Finalmente, comparar nuestro proceso electoral con el de otras naciones de la región es, al final, inevitable. En Colombia, por ejemplo, los resultados preliminares suelen conocerse pocas horas después del cierre de las urnas, lo que brinda mayor tranquilidad y confianza a los ciudadanos. En Perú, por otro lado, los resultados finales tardan más de lo previsto en conocerse, lo cual provoca incertidumbre y permite que surjan especulaciones innecesarias. Optimizar la velocidad y efectividad de nuestros procesos electorales es otra manera de robustecer la democracia. La pregunta que queda es: ¿seremos capaces de construir un país más unido y eficiente, o seguiremos repitiendo los mismos errores cada cinco años?
